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El hombre que engañó al diablo
Cada octubre, millones de calabazas iluminadas adornan ventanas, porches y calles alrededor del mundo. Sin embargo, detrás de la sonrisa burlona de la Jack-o’-lantern no hay una invención moderna ni una simple fiesta de disfraces, sino un pacto con el diablo, una antigua festividad pagana y un giro botánico que cambió la historia del otoño.
La leyenda de Stingy Jack: El engaño al demonio.
La tradición se remonta a una leyenda del folclore irlandés sobre un herrero astuto y mezquino llamado Stingy Jack (Jack el Tacaño). Según el relato popular:
Jack invitó al diablo a tomar un trago, pero como no quería pagar, convenció al demonio de convertirse en una moneda. En lugar de pagar, guardó la moneda en su bolsillo junto a una cruz de plata, impidiéndole regresar a su forma original hasta obtener la promesa de no molestarlo por diez años.
Años después, Jack volvió a burlar al demonio haciéndolo subir a un manzano y tallando cruces en la corteza para atraparlo arriba, exigiéndole esta vez que jamás reclamara su alma en el infierno.
Al morir, el alma de Jack fue rechazada en las puertas del cielo por su vida disoluta, pero el diablo, fiel a su promesa, tampoco le permitió entrar al infierno. Como castigo, quedó condenado a vagar por la oscuridad eterna con solo un carbón del fuego infernal para guiar su camino.
Para proteger la brasa de las ráfagas de viento, Jack ahuecó un nabo y colocó el carbón en su interior. A esta alma errante se le conoció como Jack of the Lantern ("Jack de la linterna"), origen directo del término Jack-o’-lantern.
De Samhain a las costas de América: El giro vegetal
En el calendario celta, la noche del 31 de octubre marcaba el festival de Samhain, el fin de la cosecha y la víspera del año nuevo céltico. Se creía que esa noche la frontera entre el mundo de los vivos y los muertos se volvía permeable. Los habitantes tallaban rostros grotescos en nabos, remolachas y papas, colocando brasas o velas adentro para ahuyentar a los espíritus errantes, incluido el fantasma de Jack.
El cambio radical ocurrió a mediados del siglo XIX. Con la Gran Hambruna irlandesa (1845–1852), más de un millón de personas emigraron a Norteamérica, llevando consigo sus tradiciones orales y costumbres.
Al llegar al continente americano, descubrieron la calabaza (Cucurbita pepo), una especie nativa domesticada por pueblos indígenas en Mesoamérica y América del Norte desde hace más de 7,000 años. La calabaza resultó ser infinitamente superior: mucho más blanda, fácil de vaciar y de tamaño perfecto para tallar linternas visibles a la distancia. Para finales del siglo XIX, la prensa y la cultura popular consolidaron a la calabaza como el símbolo universal e insustituible de la temporada.
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Eso sí: las calabazas van por nuestra cuenta, pero si te cruzas con el diablo esta noche... ¡las monedas y el manzano corren por la tuya!
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